Culpa

 

Era un hombre extraño. Caminaba encorvado, como si el peso de sus remordimientos le impidiera mantenerse erguido. Tenía las piernas curiosamente encorvadas, lo que le valdría más tarde su apodo, denotando que montaba a caballo frecuentemente. Además, cojeaba un poco del pie derecho, quizás de una herida recibida en alguna batalla o simplemente un defecto de nacimiento. Cuando se erguía por completo intimidaba a los más valientes, pero su por su postura inclinada uno podría haber pensado que era extremadamente bajo. Vestía ropas negras como la noche y, por encima, una capa de color tierra que le tapaba la mitad izquierda de la cara. De lo que se podía ver en la otra mitad, llevaba el pelo largo, negro y grasiento. Su nariz se encontraba a medias entre ganchuda y aguileña, pero de ninguna manera desproporcionada. Su boca era apenas una fina raja que casi no tenía labios, pero que, de alguna manera, estaban cortados por el extremo frío típico del norte. Pero lo más inquietante de todo eran sus ojos. Azules y fríos, como un infierno de hielo: eran los ojos más inquietantes que he visto en mi vida.

 

Cuando lo vi por primera vez, acababa de llegar al pueblo y entró en la taberna una noche de tormenta estival. No eran extrañas estas tormentas en esta época del año, pero aquella era extrañamente intensa, como si fuera para recibir a nuestro huésped. Pronto descubrimos que no era un visitante casual, sino que planeaba quedarse en el pueblo.

 

No era muy hablador y, quizás por eso, trabé amistad con él fácilmente. Según parecía, su tío le había legado una casa en las afueras del pueblo hace bastante tiempo y él había decidido aprovecharla. Como más sabía de él, más claro tenía que ocultaba algo.

 

Finalmente, un día de tormenta como aquél en que llego, en que habíamos estado bebiendo demasiado tiempo en la taberna, me invitó a pasar la noche en su casa, puesto que la mía quedaba lejos. Esa noche estuvimos hablando largo y tendido. Hasta que, en un momento dado, decidí preguntarle sobre su pasado.

 

Entonces, él se quedó callado. Me miró, con sus ojos fríos en los que vi cobardía, miedo, enfado y remordimiento, todo en una sola mirada. Y finalmente, accedió a contármela. Empezó por descubrirse el lado izquierdo de la cara y, para mi asombro, descubrí que una cicatriz le surcaba desde la raíz del pelo hasta la barbilla, deformándole la cara. Pero lo más horrible era su ojo. Simplemente no estaba. No es que estuviera cerrado, ni que la cicatriz le impidiera abrirlo. Simplemente solo había una cuenca vacía, indicando que allí debería haber algo que faltaba. Una sensación horrible me inundó: ¿Qué había hecho aquél hombre para merecer aquél castigo? Y es más: ¿Cómo podría haber escapado de aquél que le hizo aquello?

 

Sin embargo, antes de que pudiera formular mis temores, él los leyó en mi rostro, y empezó a relatarme su historia:

 

"Yo no soy de aquí. De hecho, ni siquiera nací en España. Nací en Atenas, en 1798. Como todos los jóvenes de por aquél entonces, yo deseaba con todas mis fuerzas la independencia griega, así que desde pronta edad milité en la Philikí Hetairía. Yo siempre había apoyado la lucha por nuestra independencia y no me arrepiento de haberlo hecho. En 1821, se declaró la independencia que tanto deseábamos y todo fueron festejos. No fue hasta más tarde cuando nos dimos cuenta de lo que aquello suponía.

 

Turquía nos declaró la guerra y perdíamos una batalla tras otra. Yo, sin embargo, era solamente un ingeniero y me limitaba a cubrir la vanguardia de nuestras tropas. En mi batallón luchaba junto a muchos compañeros, pero le tenía especial afecto a uno, que desde mi más tierna infancia había sido mi mejor amigo. Aunque al principio escéptico, se había sumado a la euforia general de las primeras batallas y se había unido a la revolución. Su nombre era Alexandros Doxiadis.

 

Tenía una novia, hija de un importante hombre de negocios y, aunque yo no la conocía muy bien, sé que se amaban mutuamente. Ella vivía en la zona rica de la ciudad, pero una vez empezó la guerra se mudó a unos refugios de las afueras de Atenas. Él pedía permiso cada vez que podía para irla a ver.

 

Hasta que un oficial se dio cuenta de sus constantes ausencias. Y supo quién era ella. Dijo que ella era clave para la guerra. Que les permitiría ganar la batalla decisiva. Claro, que todo eso era una venganza. Nunca se habían llevado bien. Y menos cuando supo el motivo de sus repetidas ausencias.

 

Sin embargo era su superior y no podía hacer nada más que obedecerlo. Y ella fue entregada como prisionera a los turcos. Por él mismo. Le susurró al oído palabras de amor hasta el final, pero tuvo que entregarla.

 

Nunca la volvió a ver. En esa misma batalla, los turcos la mataron y ondearon su cabeza por encima de su bandera. Él, loco de furia, se lanzó contra el enemigo. No sé exactamente cómo sobrevivió, pero el caso es que lo hizo. Y aullaba de furia contenida y de dolor y de remordimientos. Lo encontré herido, en medio del campo de batalla. Lo cuidé por tres meses. Además de heridas físicas, estaba al borde de la locura. Solamente pensaba en su amada, no razonaba y se volvía loco solo de recordarle su muerte.

 

Estuvo así tres meses. Y de repente, un día, recobró la cordura. Todos sus sentimientos de furia reprimida, frustración y odio se concentraron en un simple deseo: venganza. El oficial en cuestión hacía tiempo que se había retirado, pero él no descansó hasta encontrarlo. Cuando averigüé sus planes, era demasiado tarde, se dirigía a una muerte segura. Intenté detenerlo, pero, lejos de hacerme caso, me clavó una daga en el estómago.

 

Sin embargo, entendí su locura, su ansia de venganza y, más allá del resentimiento por mi herida, luché por salvarlo. Llegué a tiempo para presenciar su combate, incapaz de intervenir.Vi como le dejaba una cicatriz que surcaba su rostro, en el lado izquierdo. Y vi como mi amigo lo mataba. En el éxtasis de su venganza y sin reparar en sus heridas, se lanzó, loco de furia, contra su amigo.

 

Y, con mi puñal de mano rematé la faena que ya había empezado, me volví a ensañar con su estómago. Él aún conservaba algunas fuerzas, suficientes como para conseguir clavarme una pequeña daga en el ojo. Aullando de dolor, intensifiqué mi furia y, finalmente, le corté la cabeza a ambos.

 

No recuerdo con placer esa noche. La noche en que recobré la cordura y la volví a perder."

 

Confuso, por el súbito cambio de narrador, lo miré con ojos perplejos. No lo entendía. Y él, me miró con una mirada desolada y me dijo:

 

"¿No lo entiendes aún? Yo soy Alexandros Doxiadis. El hombre que entregó a su propia mujer. El hombre que fue consumido por sus sentimientos y se dejó llevar por la venganza. Y el hombre que mató a su propio amigo. Ahora odiame por lo que hice."

 

Il Lupo